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Un
grupo de vecinos de palermo les da la merienda a 30 chicos
Abrió hace un mes y tiene lugar para más.
Funciona en un centro de jubilados, en Carranza 1465. Entrega alimentos, los sábados de 18 a 20 hs., cuando la asistencia social decae. La mayoría de los comensales recoge cartón.
Sin excepción a la regla, varios niños en custodia de un solo adulto se fueron acercando al centro de jubilados El Vergel de Palermo: ya se corrió la voz de que allí (Carranza 1465), todos los sábados, hay merienda para quienes lleguen entre las 18.00 y las 20.00 hs.
Desde que seis semanas atrás se sirvió la mesa por primera vez, la tarea se repite sin preguntar a quién. El grupo de vecinos que asumió el compromiso corroboró que no son las mismas caras las que se ven todos los fines de semana.
En cambio, el número de comensales no varía tanto: unas 30 personas se sientan y esperan la merienda. LA NACION estuvo allí el sábado último y vió como minutos después de las 18, la primera tanda de la tarde inauguró la chocolatada del día. El menú fue heterogéneo y abundante. Facturas, pan, mermeladas, dulce de leche y masas saladas estaban a disposición de estos invitados sorpresa, fieles a su cita.
Hasta ahora, los vecinos que se encargan de la tarea tienen la satisfacción de saber que no hay necesidad de negarle una segunda vuelta a nadie. La minidespensa del nuevo centro asistencial abrió con un stock que se mantiene. Para que así sea, hay quienes, sin pudor, van detrás de donaciones. Así los chicos siempre disfrutaron de algo rico para llevarse a la boca: las cuatro panaderías de la zona se convirtieron en sus proveedoras de lujo. Yoly Gómez y Eduardo Cáffaro, el mismo matrimonio que conduce el centro de jubilados se encargó de convocarlos.
La Belaria, en Bonpland y Honduras, junto con La Victoria, en la misma calle, esquina Costa Rica, y Nuevo Dorrego, en la avenida homónima y Guevara, ya hicieron su aporte. La próxima en colaborar será El Condor, de Córdoba y Ravignani, a la que todavía no le llegó su turno: en el Vergel de Palermo todavía hay capacidad para darles de comer a muchos niños más.
Transformación
Cuando los vecinos que tomaron la iniciativa golpearon a las puertas del centro de jubilados no se imaginaron que terminarían abocados a esta misión. En su momento, se acercaron sólo a pedir la sede para hacer una reunión sobre inseguridad, luego de que algunos habían sido asaltados. Cuando los comentarios y anécdotas sobre el tema se agotaron, se había formado un muy lindo grupo que no tardó en preguntarse qué más podían hacer por el barrio. Yoly reconoció que hacía tiempo tenía ganas de realizar alguna actividad social.
Y no era la única. Por eso, enseguida hubo acuerdo que debía ser algo posible de sostener en el tiempo. Pensaron y descubrieron que todos los centros asistenciales estaban cerrados los sábados: con este dato definieron su día de atención y se diferenciaron.
“La mayoría de los chicos son cartoneros que viven en el conurbano. En general, el cirujeo hoy disminuye por la falta de recolección de residuos, pero este sector de Palermo es especial”, contó Silvina de las Carreras, una de las colaboradoras.
“Debido a la cantidad de locales gastronómicos que concentra la zona es difícil que los que deambulan se vuelvan a sus hogares con las manos vacías, dado que es el día de mayor movimiento comercial”, explicó Eduardo Cáffaro. El vió, semanas atrás, como un restaurante les entregaba los bidones llenos con aceite usado, que jóvenes y adultos cargaban con curioso entusiasmo.
Entre la veintena de colaboradores que viven en las tres cuadras de Cabrera, entre el 5600 y 5900; las dos que van desde 5700 y 5800 de Gorriti y los 100 metros, al 1400 de Carranza, abundan los profesionales que se turnan para donar su tiempo y servir a sus invitados. “Estamos muy orgullosos de articularnos tan bien”, expresó con sincera alegría Yoly, que pertenece al grupo de jubilados. Todos coincidieron en que la gente del barrio tomó de muy buen grado la iniciativa.
Como en todos estos sitios que brindan una asistencia tan básica como la alimentación, enseguida se forma un nutrido anecdotario de historias. Y son desde desgarradoras hasta tiernas y simpáticas. Durante la última jornada, LA NACION fue testigo de cómo una señora que no pertenece al grupo se acercó, y sin hacer comentarios, dejó tres cartones de leche. Qué Dios la bendiga, la despidió una voz antes de que abandonara el lugar. La semana anterior, otra mujer, al ver una mesa servida en la vereda, entró a un minimercado y sin saber bien de qué se trataba hizo su aporte solidario: botellas de gaseosa.
El merendero, de a poco, acumula más que comida. Por eso, una nena que se volcó la infusión encima se fue a su casa con ropa nueva. Este sábado, antes de la despedida, cada uno se llevó una vianda de regalo, con un sandwich, una fruta y un alfajor, donado ese mismo día por Compañía Alimentaria, firma de cattering de La Paternal.
Los más chicos regalan sus comentarios al pasar: No vinimos el otro día porque no pudimos viajar, Todos tenemos que lavarnos las manos? En cambio, las palabras cambian en el rostro ensombrecido de los adultos: “Lo único que podemos tener los pobres son hijos”, dijo una madre de esas a las que resulta difícil calcularles la edad. La frase es chocante, pero en su discurso suena con naturalidad.
Silvia González es voluntaria y testigo de estas palabras, que por su profesión se acostumbró a escuchar. Lo que la experiencia no pudo quitarle es la triste sensación de que cualquier hecho desgraciado se hace terrible cuando hay miseria. Ese escalofrío de escuchar y no poder evitar pensar que lo peor les pasa a ellos.
Por
eso, el merendero es la cara visible de un propósito mucho más
ambicioso: recomponer el tejido social.
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Publicado el: 28/11/2002 Autor: Diario La Nación Un grupo de vecinos les da la merienda a 30 chicos |